Debía de ser el 23 de mayo de 1978. Un trabajador de la Universidad de Illinois encontró un paquete en el parking del campus de Chicago. El remitente era Buckley Crist, profesor de la Universidad de Northwestern, así que lo enviaron de vuelta. El 24 por la tarde se lo comentaron a Crist, pero él no recordaba que hubiera enviado ningún paquete.

En realidad, solo había una explicación: drogas. Desde hacía meses se comentaba que algunos estudiantes usaban el nombre de algún profesor para mover droga de campus a campus sin levantar sospechas. Así que cuando llegó el paquete a su despacho y confirmó que la letra no era suya, llamó al agente Terry Maker, de la policía del campus.

Abrieron el paquete juntos. Esa fue la primera bomba. Tuvieron que pasar más de 15 años de bombas, heridos y muertos antes de que el FBI detuviera a Ted Kaczynski en una cabaña perdida del este de Montana. Esta historia se ha contado muchas veces, pero ¿cómo pudo un solo hombre sin formación especializada construir decenas de bombas y tener en jaque a todo un país durante década y media? Investigamos la tecnología detrás de Unabomber.

Un genio y un monstruo

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Investigando el trabajo de Kaczynski, uno se mueve siempre entre el rechazo y la fascinación. Se suele decir que la posibilidad de que Kaczynski fuera Unabomber no fue tomada muy en serio porque nadie parecía crear que alguien sin agua corriente pudiera desarrollar la tecnología necesaria para poner en jaque a la mayor oficina de investigación del mundo. Se equivocaron.

Y es comprensible. Si lo miramos fríamente, es una idea casi increíble. Una historia sin pies ni cabeza que hunde sus raíces en extraños experimentos psicológicos que se realizaron en los años 50 en la Universidad de Harvard. pero por suerte para nosotros, Kaczynski escribió muchísimo. En su pequeña cabaña se encontraron más de 22.000 páginas escritas.

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Todos los detalles de sus modelos estaban ahí, sin embargo, no muchos han transcendido por motivos de seguridad. Rastreando entre muchos libros sobre uno de los terroristas más famosos de Estados Unidos, hemos sido capaces de reunir algunas ideas sobre la tecnología que, en la soledad de la montaña, desarrolló el Unabomber.

Cuatro generaciones de bombas

Los primeros dispositivos de Unabomber fueron bastante toscos. Utilizaba cerillas como principales explosivos, pero no tardo demasiado en darse cuenta de que las cerillas se deflagrarían y no llegarían a explotar.

En la siguiente fase se pasó a la ‘pólvora sin humo’, este tipo de pólvora granulosa se encuentra en muchas municiones. Al parecer, Kaczynski la extrajo, sobre todo, de cartuchos de escopeta. Este compuesto mucho más potente que la pólvora negra, pero también más segura. Necesita de unas condiciones relativamente específicas para explotar: en otros casos, su lenta combustión no causa casi daños.

El resultado fueron unas bombas mejores que las anteriores, pero bastante débiles. En 1979, se las ingenió para poner una bomba en el equipaje de un Boeing 727 que hacía el recorrido Chicago-Washington D.C cuyo detonador era un barómetro. El dispositivo no era lo suficientemente potente como para destruir el avión y, de hecho, solo consiguió arder. Algo que activó las alarmas y obligó al piloto a realizar un aterrizaje de emergencia.

Los instrumentos mortales

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Pero a medida que pasaron los años, Kaczynski experimentó en las montañas que rodeaban su cabaña de forma sistemática, casi enfermiza. Estudió minuciosamente el impacto cada variación y aprendió a aumentar el poder de unos dispositivos que, poco a poco, se volvieron mucho más sofisticados. Y mortíferos.

Sus experimentos se extendían, además, a todo el área mecánica. Diseñó libros que explotaban al abrirlos, latas de refresco e incluso una bomba oculta en lo que parecía una montaña de artículos científicos. Algunos diseños fueron muy complejos, avanzados y eficientes. Uno de los mecanismos, por ejemplo, era virtualmente idéntico a algunos diseños muy usados en las líneas aéreas. Eso fue una de las cosas que llevó a la policía a pensar que se trataba de un técnico aeronáutico retirado.

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Sus bombas de tercera generación fueron muy poderosas. Combinó las mezclas extremadamente explosivas que estaba consiguiendo con metal en polvo (especialmente, aluminio y plata) para producir una combinación que podría producir resultados letales si se detonaba adecuadamente. Además, sin que él lo supiera, la plata hacía casi imposible rastrear los explosivos.

Sin embargo, fue la cuarta (y última) generación de bombas la realmente mortal. Los modelos anteriores necesitaban una tubería o una estructura similar para explotar, pero en este punto Kaczynski fue capaz de prescindir de ese elemento. Diseñó una tapa detonante con tubos de cobre y diseñó una mezcla explosiva llena de metralla. El resultado no solo era más explosivo, sino más pequeño y menos pesado.

Como el ratón y el gato

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Durante todo ese tiempo, Kaczynski fue consciente de que parte de su éxito residiría en que no lo encontraran, en que no imaginaran siquiera que él podía tener algo que ver. Desde el ataque al avión del que hemos hablado, el FBI se había hecho cargo del caso. Unabomber lo sabía. De la misma forma que sabía muchos detalles que la prensa filtraba de la investigación.

A partir de ese momento, todo se convirtió en un juego de estrategia. Meditaba cada paso con una minuciosidad increíble y sólo lo daba si estaba convencido de que contribuía a la confusión. El mejor ejemplo fue el debate sobre si introducir un cabello humano en una de las bombas o no.

Había encontrado el cabello en un lavabo público de la estación de buses de Missoula y en sus notas se pudo encontrar una relación bastante amplia de pro y contras sobre la idea de usar el cabello. Los pros tenían cosas como “confundir a la policía con respecto al cabello” o “eliminar la idea de que tenía el pelo negro” y entre los contras se podían leer cosas como “podría hacer dudar que el sospechoso fuera de California” o el hecho de “dudaran de esa pista y del resto que entregara en el futuro”.

Kaczynski sabía de buena tinta que la verdadera batalla estaba en la cabeza de los investigadores. El apartado técnico se iría resolviendo, pero mientras pudiera desorientar la investigación estaba a salvo. Y llevaba razón: lo encontraron por una mezcla de ciencia, instinto y casualidad. La historia de Unabomber no es sino un recordatorio de que el ser humano es capaz de lo peor y de lo mejor. Y de que la tecnología es sólo un instrumento